En estos últimos días hemos oído hablar de una dispersión de “partículas” radiactivas en la CN de Ascó, quizá un término que nos puede resultar no familiar en este contexto. Por supuesto, no se hacía referencia a las que los físicos están habituados (corpúsculos), sino a restos de lodos secos.
El circuito de refrigeración en los reactores nucleares está constituido por aceros que incorporan pequeñas cantidades de algunos metales como Cobalto, Manganeso, Cromo y Níquel.
Cuando circula el agua que refrigera el núcleo del reactor a muy alta presión y temperatura, se producen óxidos de estos metales que quedan disueltos, y que además son irradiados al pasar dicho agua a través del combustible nuclear para enfriarlo, convirtiéndose en radioactivos. La deposición a lo largo del tiempo de estos óxidos es lo que constituye los lodos.
Ese material seco se ha encontrado en el exterior en forma de puntos y no en forma de contaminación uniformemente distribuida en el terreno. La actividad total de las partículas fue de 84 MBq, de menor orden que la de un pararrayos de Am-241, que puede llegar a tener 500 MBq, y similar a otras fuentes utilizadas en la industria médica e investigación (curiosamente también, la misma actividad que un monumento de granito de 10 toneladas).
Suponiendo que una persona incorporara en su organismo (por ingestión) la partícula de más actividad, la dosis estimada sería diez veces inferior a la recibida durante una radiografía, y equivalente a la radiación cósmica recibida durante 40 horas de un vuelo transoceánico (y menos de la mitad de la recibida por fuentes naturales durante 1 año).




Es muy poco serio comparar los efectos de la negligencia ocurrida en Ascó con los de una radiografía. Si lo primero puede ser constitutivo de delito, las radiografías se hacen por la necesidad de realizar un diagnóstico médico, así que cualquier comparación entre ambos sucesos es de una frivolidad asombrosa.
Defender la energía nuclear es una actividad que puede hacerse con honestidad, pero esta defensa no puede ser tan ciega como para minimizar una suceso (el de Ascó) que daña seriamente la credibilidad de la industria a la que se supone que defienden.