JULIO

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Mucha gente piensa que pasear cerca de una central nuclear es peligroso por la radiación que pueda llegar a las proximidades de la misma. Para ellos, bañarse en las mismas aguas que una central emplea para refrigerarse, cómo puede ser la playa de L'Almadrava, en Vandellòs, es impensable, por miedo a recibir mucha dosis de radiación.

En realidad, el hombre está constantemente expuesto a radiaciones ionizantes, procedentes del espacio exterior y de los radioisótopos contenidos en los elementos básicos de la biosfera (suelo, aire, agua, etc.), sea cual sea la estación del año y el lugar en el que se encuentre. Al conjunto de estas radiaciones se le conoce como fondo radiactivo natural.

Además, desde el siglo pasado, a la radiación natural se ha sumado la radiación artificial debida a actividades agrícolas, industriales, médicas y de investigación. Pero de todas las radiaciones que nos rodean, menos del 0.1% está relacionada con la energía nuclear. Por tanto, podemos deducir que el nivel de radiación al que nos exponemos al pasear por las proximidades de una central nuclear es el mismo que encontraríamos si la instalación no existiera y se corresponde al fondo natural de la zona.

 

Pero, ¿quién se asegura de que, efectivamente, no exista un riesgo radiológico adicional?

Por un lado, las instalaciones nucleares tienen la obligación de aportar los estudios adecuados para determinar el riesgo de exposición de la población debido a sus actividades, en todas sus fases de ejercicio, desde su diseño inicial hasta su clausura y la consecuente liberación del emplazamiento.

Por otra parte, el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) tiene la función de detectar la presencia y vigilar la evolución de elementos radiactivos y de los niveles de radiación en el medio ambiente, investigar las causas de los posibles incrementos y determinar, en caso de riesgo radiológico potencial, la necesidad de tomar precauciones o establecer alguna medida correctora.

En este ámbito, el organismo regulador ha instituido el Programa de Vigilancia Radiológica Ambiental (PVRA) que engloba una red de vigilancia y procedimientos de muestreo, análisis y medidas, para determinar el posible incremento de los niveles de radiación y la presencia de radionucleidos en el medio ambiente producidos por el funcionamiento de las centrales nucleares.

En el entorno de las centrales nucleares en operación, el conjunto de medidas englobadas en este programa, sometidas a un programa de garantía de calidad mediante análisis independientes en laboratorios externos, permite determinar los índices de actividad beta, la concentración de actividad de isotopos emisores gamma, y la concentración de actividad de Sr-90, I-131 y H-3 en el medio ambiente.

 

En la actualidad, en España existen 14 PVRA en torno a las centrales nucleares y a otras instalaciones radiactivas, con un total de 1000 puntos de muestreo, recogiéndose alrededor de 12.000 muestras al año sobre las que se realizan unas 18.000 determinaciones analíticas.

En el caso concreto de la Central Nuclear Vandellós II se pueden analizar los resultados del PVRA 2015, publicados por el CSN, en los que se lista el número total de muestras recogidas y se representan los valores medios anuales en las vías de transferencia más significativas.

Si prestamos atención a las lecturas de los dosímetros de termoluminiscencia ubicados en la playa de L’Almadrava, encontramos que los valores medios de dosis anual en las inmediaciones de la central corresponden al valor de 0,6 mSv, debido a la radiación directa, una dosis equivalente a la que recibiría, por radiación cósmica, una persona que viviera en Madrid durante ese mismo año.